“LA APLANADORA DEL ROCK AND ROLL” CELEBRÓ SUS 25 AÑOS EN UNIÓN

Hacía casi nueve años que Divididos no se presentaba en Santa Fe. Lo había hecho en un Quilmes Rock realizado en la ahora alicaída explanada del por entonces Paseo del Sol, junto a Memphis La Blusera, encabezada por el extinto Adrián Otero. Por aquel entonces, Catriel Ciavarella era un muchacho que golpeaba la batería con una energía incontenible, quizás extasiado todavía por ser parte de “la aplanadora del rock and roll”: descubierto a los 14 años cuando Federico Gil Solá dejó el puesto, debió esperar la mayoría de edad (y que se termine la etapa de Jorge Araujo) para cerrar la formación más duradera del trío.

Podríamos seguir, imposible no hacer memoria cuando Divididos está cumpliendo 25 años, y abren sus shows con un video que condensa en postales los vaivenes de su historia, que comenzó con la muerte de Luca Prodan y el fin de Sumo. Así estuvo planteado el comienzo de la noche del reencuentro, en el estadio cubierto Ángel P. Malvicino del Club Atlético Unión: las expectativas eran las mejores, ya no había que escaparse a Paraná para verlos, y quedaba esperar un repertorio que estuviese a la altura de esa historia. Pero nadie se imaginaba que brindarían mucho más.
Ignición
“Ahí vamos”, tiró Ricardo Mollo al colgarse la primera de las incontables guitarras que usaría durante la noche, arrancando con “Haciendo cola para nacer.” A la derecha, el “Cóndor” Diego Arnedo entró con el mismo bajo perfil que caracterizó a su padre (Mario Arnedo Gallo), con el castigado Fender Precission blanco que usó casi toda la noche, y la semisonrisa satisfecha que lo identifica; distinta al expresivo rostro de Ciavarella, que acompaña su toque con gestos alusivos.
Las robóticas tiraron “luces calientes” y coloridas en “El ojo blindado”, clásico de Sumo que antecedió a “Tengo” (su colaboración a “Tributo a Sandro. Un disco de rock”, con los característicos arpegios ascendentes de Arnedo), “Capo capón” y la ácida “Tanto anteojo”. “Por fin Santa Fe, siempre Rosario”, comentó Ricardo mientras le respondían con la canción del “Escuchenló, escuchenló…”.
“Divididos desde siempre/desde el aula hasta el bar”, cantó en “La ñapi de mamá”, antes de una nueva explosión con “Qué tal”, en un tempo más lento que en el disco, viajando por el slapping-popping del solo de Arnedo y la pirotecnia de Ciavarella, para que Mollo los lleve hacia “Black Magic Woman” de Santana. Banderas del público taparon una remera de Luca sobre los falsos paneles de los equipos del guitarrista, mientras el “Narigón del siglo” arrancaba en un bajo de seis cuerdas y con púa “Sábado”, guardándose para sí el mítico estribillo. “Azulejo” cerró con groove ese segmento.
Cambio de marchas
En ese momento fue el primer corte, para entrar taburetes y arrancar con “Spaghetti del rock” una seguidilla tranquila que siguió con “Par Mil”, “Sisters” (sumándose el asistente Diego Florentín en segunda guitarra para que Mollo vuele en el solo) y “Regtest” de Sumo.
“Un ‘Mantecoso’: membrillo, batata, ¿qué le ponemos?” presentó el frontman, y pasó ese tema, que se hizo chiquito al tiempo que el solo se volvía pirotécnico. El bajo de seis volvió para “Perro Funk”, “dedicado a todos los perros” en la vuelta de la electricidad plena y la zapada escénica.
Catriel dibujó la métrica en la batería, y tras el cambio de instrumento comenzó a esbozar la melodía Ricardo, pie en wah-wah (a fin de cuentas, fue la primera gran canción con ese efecto). “Cuando escuché esto hace muchos años ya, ¡en el año 1969! Volvía del colegio y lo escuché por primera vez desde la vereda de enfrente, y dije ‘¿Qué es eso?’. Y era este tipo que a mí me marcó una forma de hacer las cosas, por lo menos con la guitarra”. El tipo era Jimi Hendrix, y el tema era “Voodoo Chile (Slight Return)”, que la gente coreó como en la cancha. La celebración guitarrística incluyó tocar con una zapatilla y con los dientes, como aquel zambo zurdo.
Empujón final
Un cumpleañero (“leonino como yo”, dijo el cantante, cercano a los 57) pidió subir a saludarlos, mostrando una ampliación de su DNI: “32 millones, un pendejo”, fue el comentario. Ahí nomás cayó “Amapola del ‘66” y “Paraguay”, antes de la machacante “Paisano de Hurlingham”, con el “Cóndor” haciendo volar y bailar su bajo, en medio de sonrisas cómplices con su compañero de décadas. Otra vez hubo un esbozo, en este caso para anticipar que “El 38” estaba cargado de nuevo, con la misma energía que en los ’90, revitalizado por la ya no tan reciente última incorporación.
Unas citas de “Moby Dick” y “Heartbreaker” de Led Zeppelin precedieron a “Sucio y desprolijo” de Pappo’s Blues, en una continuidad de energía y virtuosismo. “Brindo por ustedes, santafesinos de ley”, dijo Diego con una copa de vino en la mano, “Gracias por acompañarnos, trataremos de volver más seguido, así festejamos el cumpleaños del amigo”, completó Mollo, despojado de sus monitores in ears.
La apoteosis final fue con la esperada “Ala delta”: todo el público saltando, sabiendo que se terminaba la fiesta. Para el cierre, entre repartijas de palos y púas, Mollo saludó en la valla, aunque volvió para llevarse la campera. Muchos de los presentes se hubiesen conformado con menos; después de casi dos horas y media, nadie se podía ir decepcionado.

Ignacio Andrés Amarillo
iamarillo@ellitoral.com

Fuente: El Litoral.com